VIAJEROS EN EL ARTE

VIAJEROS EN EL ARTE

Mi viaje en el arte, es un viaje que dura toda una vida, un viaje que comenzó al inicio de la década de los sesenta. Mis primeros recuerdos relacionados con el arte, se remontan a la edad de ocho años, vivíamos en una casa que se encontraba en el corazón del puerto comercial de Barcelona. Los paseos dominicales con mis padres, siempre eran por las Ramblas, desde Colon hasta plaza Cataluña y viceversa. Eran paseos, de los de antes, sin prisas. Paseos en los que mis padres, se paraban ante las paradas de flores, para disfrutar de sus colores, de sus aromas. Se detenían ante las paradas de animales domésticos, para que nosotros, mi hermano y yo, observáramos con admiración los llamativos y coloreados plumajes de loros, periquitos y demás pájaros tropicales, sin pensar que eran enjaulados, porque por aquel tiempo, nadie se paraba a pensar en el maltrato animal. Pero a mí, lo que más me atraía de aquellos paseos dominicales, siempre eran los pintores que se apostaban en lugares estratégicos, para captar la mejor perspectiva, la mayor luminosidad, los mejores contrastes. Algo había en ellos, en su obras, en su forma de pintar  “au plein air”, que me fascinaba y siempre protestaba cuando después de un buen rato, mis padres me obligaban a seguir paseando.

En el invierno de mil novecientos sesenta y dos, el día de navidad cayo la mayor nevada de la historia de Barcelona, los reyes magos me trajeron mi primera caja de pintura, totalmente equipada. Pinceles, oleos, trementina, tablillas con tela, paleta y hasta un caballete. Una tarde de aquel invierno, después de merendar un suizo con melindros en una chocolatería de la calle Petritxol, de la mano de mis padres, entré por primera vez en la Sala Pares. El sentimiento casi místico , que tuve al ver aquella gran sala con luz tenue, las paredes repletas de cuadros iluminados, y todo ello envuelto por un silencio atronador que solo se rompía por el sonido hueco de mis pisadas sobre el parquet, o el rumor de los pocos visitantes ocasionales, solo lo he vuelto a sentir en dos ocasiones más, cuando visite por primera vez las obras impresionistas del museo de Orsay, y las salas ovaladas  de Monet en el museo de Orangerie  (Paris)

Desde entonces mis viajes de ocio, solo tienen un fin concreto, visitar los principales museos  de la ciudad a la que me dirijo , para sentir lo mismo que sintió por primera vez, aquel niño de ocho años.

Barcelona, 3 marzo 2022 l

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