DE LA PARES AL CIELO

DE LA PARES AL CIELO

Con la edad de ocho años y de la mano de mis padres, un día descubrí una calle emblemática de la ciudad Condal que marco un punto de inflexión en mi vida. En el corazón del barrio Gótico Barcelones, esta calle estrecha, poco soleada y de algo más de cien metros de larga, posee dos razones por las que hace más de sesenta años sigo transitándola con el mismo asombro y expectación que aquel niño que la descubrió por primera vez.

Se llama Petritxol y por aquel entonces existían dos tipos de negocios que atrajeron mi interés, las chocolaterías y las salas de arte.  De las chocolaterías, recuerdo que invadían con un aroma dulzón a cacao el ambiente de la calle, su producto estrella eran los suizos (chocolate caliente con nata), no fue extraño que junto a los melindros, pasaron a ser uno de mis placeres culinarios favoritos. Lo que ya no fue tan normal es que los cuadros que descubrí colgados en las paredes de las galerías de arte me tocaran el alma

Cuando entre por primera vez en la Sala Pares, mi corazón dio un vuelco. Recuerdo que me pareció enorme, con una iluminación particular y un silencio que solo se rompía por el rumor de algunos visitantes y el crujido del parquet de madera bajo mis pies. Hasta aquel momento, mi único contacto con el arte, era la atracción que sentía por ver los pintores de las Ramblas de las flores, en mis paseos dominicales junto a mis padres. En la sala Pares descubrí el arte a lo grande y como un veneno fue recorriendo por todas mis venas, hasta hacer mella en todos los rincones de mi ser. Aquel año, los Reyes Magos me trajeron mi primera caja de pintura y con ella un sueño, una ilusión ¡¡Exponer en la Sala Pares!!

Mi infancia la pase entre juegos y travesuras, convirtiéndome en un crio hiperactivo, que extrañamente solo estaba quieto cuando pintaba ante un caballete.

Padecí una adolescencia marcado como un mal estudiante, al que en sus notas se le acumulaban los suspensos y algún aprobado. Tan solo una vez, saque una matrícula de honor, el padre Carlos me lo puso en la asignatura de dibujo artístico.

A los dieciocho años, conocí en una discoteca a una chica, que por aquel entonces se alejaba de mi ideal de mujer, pero sin embargo tenía una personalidad que me atrapó. Bailamos, hablamos y en un momento de la conversación que recuerdo como muy especial, me conto que estudiaba bellas artes en la Escuela Massana. Si algo desee en mi juventud con todas mis ganas, fue estudiar bellas artes en la Escuela Massana, pero mi economía jamás me lo permitió.

Durante cinco largos años, fueron muchos los días que saltándome el horario de la academia nocturna donde estudiaba peritaje industrial, me dirigía a la Massana a esperar que Mercedes saliera de clase. Su melena rubia, su minifalda y su forma de ser, me fue robando el corazón.

El claustro de la Massana, las visitas a la Sala Pares y los altillos de las chocolaterías de la calle Petritxol, fueron testigos de nuestro amor. Hablábamos de arte, comentábamos sus apuntes de figura humana y hacíamos planes de futuro, donde siempre incluíamos visitar Paris.

Mi vida laboral me llevo por derroteros alejados del arte, pero nunca he dejado de pintar, Mercedes se convirtió en mi esposa, en la madre de mis hijas, en la mayor fan de mis obras y en la más crítica de las mismas, nunca doy un cuadro por terminado hasta obtener su aprobación. Junto a ella descubrí a los pintores impresionistas, a los pintores catalanes del siglo XIX, los movimientos artísticos del siglo XX y todo aquello relacionado con el arte paso a formar parte importante de nuestras vidas.

Mercadillos de arte, centros cívicos, concursos de pintura y un amplio grupo de amigos y familiares que me pedían que le regalase un cuadro, fueron mi escape pictórico durante muchos años, hasta que una vez jubilado contacte con Don Julio Escolà , director de la Galería Mar de Barcelona y me dio la oportunidad de exponer de una forma profesional en las Galerías del Grup D’art Ecolà.

La temporada 2014/2015 fue mi primera colaboración con el Grupo Escolà, cuando entre en la Sala Mar el día de la inauguración y vi por primera vez varios cuadros míos, colgado en la paredes de una sala de arte, las piernas me temblaban, los oídos me pitaban y mi pulso acelerado apenas me dejaba respirar. Me sentí el hombre más feliz de la tierra, porque fueron muchas las veces que Mercedes y yo deseamos que ese sueño se convirtiera en realidad.

Llevo seis años exponiendo en galerías de arte de Barcelona, Girona, Lérida, Tarragona, Madrid, Málaga y Pamplona, año tras año mis obras se han abierto un pequeño resquicio en este complicado mundo profesional del arte, pero el placer de ver mis obras colgadas en las galerías siempre me llenan de satisfacción y orgullo.

He viajado a Paris, sigo disfrutando de las chocolaterías de la calle Petritxol y no he expuesto en la Sala Pares , pero mis visitas  a sus exposiciones siguen siendo tan emotivas como lo fue para aquel niño que descubrió el arte en sus paredes, hace ya más de sesenta años

 Barcelona, diciembre 2020

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