EL SÁBADO POR LA MAÑANA

EL SÁBADO POR LA MAÑANA

¡¡ Los sábados no teníamos clase!!. Nos podíamos levantar más tarde y  jugar toda la mañana. El sábado tan solo  teníamos una obligación .   Ayudar a mi madre a traer la compra, desde el mercado hasta casa. Cuando las manecillas del reloj marcaban las doce menos cuarto del mediodía. La abuela María salía al patio y nos avisaba que debíamos recoger a mi madre en el mercado y ayudarle con la compra.

A veces  mi hermano Emilio y yo, hacíamos el trayecto corriendo sin parar,  desde mi casa hasta el mercado. Otras veces, recorríamos la distancia  haciendo equilibro por los railes de las vías del tren, que cruzaban las amplias explanadas del muelle de  Sant Beltrán.  Fuera como fuera la cuestión era, que teníamos que ser puntuales y  estar en el mercado  como máximo a  las doce  del mediodía.

El mercado de nuestra Sra. del Carmen, se encontraba justo en el cruce de  la Avenida del  Paralelo, con el Paseo Colón. Era un edificio sencillo de una sola planta, de paredes blancas al estilo colonial. Se componía de una nave central octogonal, adornada con una cúpula con cristales de colores, que producían unos efectos realmente bellos al ser atravesados por los rayos del sol. Los laterales  estaban ocupados por dos naves rectangulares con techos a dos aguas, con grandes claraboyas que junto con las altas ventanas que rodeaban todo el perímetro del mercado, hacían la labor de ventilar el mercado.

La puerta principal se encontraba frente por frente a  las puertas fortificadas  de las antiguas murallas de Atarazanas, por donde los Barceloneces de la edad media,   salían para recoger las verduras que plantaban en las huertas de Sant Beltrán.  Tan solo estaban separadas por la amplitud de la avenida del  Paralelo, que disponía de varios carriles de circulación en ambos  sentidos y un carril central por donde  transitaban los tranvías

Justo era esa puerta, la que mi hermano y yo elegíamos  para esperar  a mi madre,  mientras terminaba de hacer la compra. Era un lugar especial, porque  frente a esa puerta  principal, se  juntaba toda  una frenética actividad llena de magia. Allí se juntaban  clientas madrugadoras, que marchaban con las bolsas repletas de manjares. Camioneros que descargaban, frutas, verduras, carnes y pescados. Carretilleros que tiraban de carretillas repletas de cajas vacías. Vendedores ambulantes, floristas con  manojos de rojos claveles, limpiabotas, carboneros, abuelos que tomaban el sol, marineros con el rumbo equivocado y hasta curiosos ocasionales que paseaban matando su tiempo. Nosotros éramos espectadores de todo aquel ajetreo que nos envolvía.

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Disfrutábamos siendo testigos, de los quehaceres más cotidianos. El ir y venir de los basureros aseando las aceras. Su carro de madera, pintado de un chillón verde  botella, disponía de dos portalones en la parte superior, por donde los operarios depositaban la basura. Pero realmente lo que a nosotros nos fascinaba, es que el carro estaba tirado por un caballo percherón de una enorme y robusta  corpulencia.  Era un caballo de color castaño oscuro, con una enorme cabeza y una cola larga y espesa. Su aspecto noble y  dócil, siempre  nos atrajo. Tanto… que fueron muchas la veces que nos acercamos a tocarlo, pero las advertencias de mi madre y los resoplidos del animal cuando nos acercábamos, siempre conseguían que el miedo nos impidiera acariciarlo con nuestras manos.

Otro animal por el que sentíamos verdadera atracción, era el burro del  alfarero. Era un equino con menos presencia que el caballo del carro de la basura, pero sus aperos adornados y  sus alforjas llenas de vasijas, botijos y macetas de brillantes colores, hacían que la presencia de platero fuera  extraordinaria. Platero era como nosotros llamábamos aquel animal, que siempre traía a nuestra memoria  las primeras líneas de la obra de Juan Ramón Jiménez. En ocasiones mi madre nos compraba unos pájaros de barro, que vendía el alfarero. Se llenaban de agua y al soplar por la cola, sonaba algo parecido al trinar de los gorriones.

El animal que nunca faltaba a la cita de los sábados, era la cabra de los titiriteros. Mientras sus domadores  hacían sonar la trompera y el tambor,  la cabra subía elegantemente hasta  el último peldaño. Una vez alcanzaba la cima de la pequeña escalera de tres escalones, la cabra gibaba sobre si misma, arrancando los aplausos de los divertidos  espectadores. Todos estos animales, formaban parte de nuestro bestiario particular. Difícil de olvidar, pues cada uno de ellos eran  por sí mismo, un verdadero espectáculo.

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Aquella puerta central, también estaba concurrida por representantes de las más diversas profesiones,  siempre anexas a la vida del mercado. Unos de los habituales, era el afilador. Anunciaba su presencia con unos característicos toques de flauta. Tenía un artilugio con varias muelas, adaptado a la parte trasera de su bicicleta, que hacia girar con los pedales. Cuando el  dulce acero de los cuchillos, tijeras rozaban la muela,  el afilador creaba un brillante y luminoso destello de luz. Aquello era lo más parecido a la cola de un cometa,  cuando cruza el firmamento.

Tampoco faltaban los fornidos hombres del hielo. Ataviados con su caperuzas de saco, que les cubría la cabeza y las espaldas. El pecho cubierto por un  largo delantal de cuero. Los brazos, envueltos  por  manguitos hechos de viejos trozos de neumáticos y calzados con altas botas de goma. Manipulaban largas y opacas barras de hielo, desde  los camiones  hasta las paradas del pescado. Dejando tras de sí un reguero de pequeños charcos de agua cristalina,  que pronto se contaminaban con el ir y venir de sus propios pasos.

Otros personajes de los que estábamos muy atentos, eran los conductores de los tranvías. Allí delante de nosotros, en el centro de la calzada , se encontraba el inicio y final de algunas líneas. Por lo que cuando conseguían parar sus vehículos con un rechinar de ruedas, se apeaban de sus vehículos eléctricos y tiraban de las perchas para cambiar de sentido. Haciendo que cuando estas tomaban contacto de nuevo con la catenaria,  saltaran algunas chispas. Subían de nuevo al tranvía y tocando repetidamente la campana, poco a poco se alejaban en sentido contrario.

 

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Pero si había una figura a la que admirábamos,  era el guardia urbano que dirigía el tráfico en el cruce del Paralelo con Paseo Colón. Cuantas veces nos preguntamos, que clase de poder tenía para conseguir que a una simple señal de sus manos, los coches paraban o iniciaran la marcha. Estábamos convencidos que su poder se encontraba en su  elegante y  marcial uniforme de paño azul marino. En su salacot de color blanco impoluto y sobre todo en su plateado y brillante pito, que hacía  sonar con una enérgica y total autoridad.  Muchas veces fueron las ocasiones, en las que cuando mi madre salía del mercado, lo primero que le comunicábamos, era que de mayor seríamos guardias urbanos.

La vuelta a  casa la hacíamos cargados con pesadas bolsas llenas de comida. Pero contándole a mi madre entre gritos de alegría y nerviosas risas, las maravillas de las que habíamos sido testigos en la puerta principal  del mercado.

Barcelona,  seis de febrero del 2015

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