LOS BESOS DE BUENAS NOCHES

LOS BESOS DE BUENAS NOCHES

Eran las nueve de la noche, mientras esperábamos a mi padre, mi madre preparaba la cena en la cocina y nosotras disponíamos la mesa en el comedor. Sonó el timbre, corrimos hasta el recibidor y al abrir la puerta, la figura de nuestro abuelo paterno nos sorprendió. Tras saludarnos, le pidió a mi madre que nos mandara a la habitación, porque tenían que hablar cosas de mayores.  Agazapadas tras la puerta entreabierta, a duras penas alcanzábamos a ver el recibidor. Bajo en dintel de la puerta, nuestro abuelo, intentaba  explicarle entre susurros a mi madre algo que no quería que nosotras escucháramos. De repente el desconsuelo se apodero de mi madre y sobre sus rostros aparecieron las primeras lágrimas, que intentaba disimular secándoselas con el trapo de cocina. El abuelo que acababa de llegar del taller de mi padre,  intentaba consolar e insistía entregarle un par de billetes  de doscientas pesetas, que finalmente ella guardo en el bolsillo del delantal. De lo poco que pudimos oír, fueron palabras que no entendíamos “ detenido”, “calabozo “, “malentendido “, mi abuelo marcho, mi madre nos sirvió la sopa caliente en la cocina  y rápidamente nos metimos bajo las  sabanas, era la noche de reyes y teníamos que irnos a dormir muy pronto. Nos quedamos dormidas esperando a que mi padre nos diera el beso de buenas noches. Con los primeros rayos de sol que entraron por la ventana, nos despertamos y en dos zancadas nos pusimos en el comedor. Allí seguían colgados los calcetines, pero estaban vacíos y bajo el árbol no había ningún regalo. Fue mi madre quien nos explico, que no era porque nos habíamos portado mal, simplemente se trataba de un descuido que seguro los Reyes Magos solventarían . También nos dijo que nuestro padre se había ausentado de Barcelona unos días por cuestión de trabajo.  Terminaron las vacaciones de navidad, volvimos al cole. Cuatro días después, mi padre  nos despertó muy  tempano y entre besos y abrazos, nos informo que aquella noche, por fin habían llegado los Reyes Magos a nuestra casa. Los calcetines y el árbol de navidad hacia días que ya habían desaparecido de nuestro comedor, pero esa mañana los sillones orejeros estaban repletos de regalos y golosinas, pero sobre todo con la llegada de mi padre, las lágrimas de mi madre se convirtieron en risas y los besos de buenas noches en la rutina de cada día.

Barcelona, 8 de enero de 2019

 

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