EL ÚNICO VARON

EL ÚNICO VARON

 

Dicen que perder un hijo, es el peor de los sufrimientos que pueden padecer unos padres.  Y yo lo creo, por eso cuando te vas haciendo mayor y recuerdas vivencias del pasado, empiezas a entender algunas de las circunstancias que cuando eres un niño te extrañan, pero lógicamente tampoco les das mucha importancia.

Mi tío Manolo sufrió esta desgracia, por un error médico perdió a su hijo menor. Juanito  era su segundo hijo, un niño de siete años, sano, feliz y lleno de vida. Desde ese instante aunque el matrimonio tenía una hija algo mayor que Juanito, mi prima Maru que era una mujer  bellisima, sus progenitores perdieron el norte. Mi tía Eduarda cayó en una depresión de la que nunca salió y el corazón de Manolo se inundó de rabia, rencor y odio, contra aquel maldito médico y contra el resto de la humanidad. El tiempo fue calmando la rabia, el odio y hasta el rencor, pero su corazón jamás dejo de sufrir la perdida de Juanito.

Cada primavera, como las últimas golondrinas, cuando los calores africanos llegaban a Málaga,  mi tío Manolo viajaba hasta la Ciudad Condal.  Era el único hijo varón de mi abuela María y aprovechaba la excusa del tiempo para visitarla por lo menos una vez al año y así poderle rendir pleitesía . Durante uno o dos meses, mi tío Manolo y mi tía Eduarda vivían en mi casa, en la casa de mis padres.

Vivir en mi casa representaba, disfrutar de la brisa del Muelle de Sant Beltran,  gozar la compañía de su madre, saborear la comida de su hermana Emilia, deleitarse con la hospitalidad de su cuñado Pepe. Por el contrario tenía que sufrir las “modas”  de dos adolescentes, que escuchaban música  estridente en otros idiomas y las travesuras de dos niños de nueve y seis años, que gritaban y reían todo el día a pleno pulmón.

Pero mi tío Manolo era un hombre duro, un hombre osco y gruñón, acostumbrado a mandar y a que los demás le obedecieran.  Con el consentimiento de mi padre y “ abusando “ de su hospitalidad, en dos días cogía las riendas de la casa y convertía la república independiente de mi casa en una dictadura. Imponiendo a todos los moradores una espartana y férrea disciplina militar.

¡!Niño!!  Deja de joder con la pelota,

¡!Niño!! eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca.

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Como el viaje de Málaga a Barcelona era una labor ardua, el Seat 6OO de mi tío llegaba a su destino con un palier roto y varios manguitos del radiador perdiendo agua. Por lo que antes o después acabábamos en la Ciudad Meridiana para que mi tío Cayetano reparara el coche y lo dejara en perfecto estado para el viaje de vuelta.  Cayetano era mecánico y tenía manos de cirujano para la mecánica.

¿ Como es posible que alguien  que llevaba toda su vida subido en motos y coches, que recorría en cuarenta y ocho horas los mil y pico  Kilómetros de pésimas carreteras entre  Málaga y Barcelona, se pusiera en manos de un niño de nueve años?. Pues si , mi tío  Manolo para ir  desde el puerto de Sant Beltran (BCN centro ) a la Ciudad Meridiana ( BCN extrarradio ), veinticinco kilómetros  cruzando de punta a punta  la ciudad de Barcelona, dependía  de mis indicaciones.

Allí íbamos, la tía Eduarda, la abuela María y mi hermano Emilio, en el asiento trasero del coche. Al volante mi tío Manolo, en el asiento del copiloto se sentaba mi madre y yo de pie entre sus piernas, dándole órdenes a mi tío. Ahora a la derecha , luego a la izquierda, pasado el cruce todo recto. Durante la hora que duraba el trayecto, en aquel Seat 600 ocupado por cuatro personas adultas y dos niños, solo se escuchaban los Ave María de tía Eduarda, los refunfuños de mi tío Manolo y mis indicaciones en voz alta y clara.   ¡¡ Pobre de mí, si me equivocaba!!  Yo creo que desde entonces tengo tan desarrollado el sentido de la orientación, sino quería escuchar el resto de días los reproches de mi tío, no podía permitirme el lujo de fallar.  A la vuelta otra vez igual, pero en hora punta, más coches, más tranvías y yo allí, de pie y con las manos sobre el salpicadero. Como el capitán de barco que devuelve la nave al puerto de partida, dando las correspondientes coordenadas al piloto. Como único premio, por el trabajo bien hecho, al bajar del coche los dedos de su mano acariciaban con ternura mi cabeza.

No sabía el porque, desconocía totalmente el motivo, pero aquel niño hiperactivo y travieso que yo fui, era consciente que entre nosotros, existía un vinculo más fuerte que los lazos  consanguíneos que nos unía. Supongo que esa era la razón por la que yo me atrevía a cometer con él una de las mayores travesuras estivales.  Todavía recuerdo con absoluta claridad como mi hermano Emilio y yo, nos quedábamos extasiados viendo a mi tío Manolo como inhalaba el tabaco de rape. Era toda una liturgia que nos fascinaba: abría su petaca de cuero negro, separando sus dos partes . Dejaba la parte superior sobre la mesa camilla y con la parte inferior de la petaca entre los dedos de su mano derecha, con unos movimientos suaves iba dejando caer el tabaco en polvo, creando una alargada y fina hilera sobre la parte lateral de su dedo índice izquierdo. Con sumo cuidado levantaba la mano izquierda hasta su nariz e inhalaba el tabaco. Primero por la fosa nasal derecha y después por la izquierda.

Volvía a cerrar la petaca, encajando la parte superior, con la parte  inferior, devolviendo una vez cerrada la petaca a su bolsillo.  Excepto algunas veces  que por descuido o relajación la petaca quedaba sobre la mesa camilla.

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¡¡ Hay, en ese preciso momento!!,  era donde  yo empezaba a desarrollar una de mis más tremendas travesuras estivales. A poco que mi tío Manolo se descuidaba, y haciendo cómplice con su silencio a mi hermano Emilio,  yo cogía sigilosamente la petaca de cuero negro y la escondía debajo de  mi cama. En la caja vieja de cartón, donde guardaba todos mis tesoros. (cromos, canicas, el tirachinas y algunas monedas recogida del suelo de la habitación de mis padres).  La petaca permanecía allí escondida, hasta que después de una o dos horas de búsqueda en la que participaban casi todos los miembros de la casa, aparecía por arte de magia debajo de la mesa camilla de la habitación de costura.  Dos horas donde pacientemente la abuela María, mi madre y la tía Eduarda, habían buscado la petaca debajo de la mesa de la cocina, en los sillones orejeros del comedor,  o sobre la mesita  de noche de la habitación de invitados.  Dos horas donde reiteradamente, mi madre y la abuela María, nos habían preguntado a mi hermano y a mi   ¿ Niños habéis visto, la petaca del tío Manolo?, y con la misma reiteración habíamos negado, haberla visto. Dos horas de continuas quejas del tío Manolo, sentado en la silla de anea, renegando, maldiciendo. Acalorado por el calor estival y por el cabreo emocional,  haciéndose aire con el pañuelo y acusándonos de que seguro que estos niños la han escondido.

Día a día, pasaban los dos meses y mis tíos tenían que volver a  Málaga, día a día  habían consumido su tiempo en la ciudad condal.  Rindiendo pleitesía a la abuela María, disfrutando de las comidas de su hermana Emilia, gozando de la hospitalidad de su cuñado Pepe , sufriendo  el ensordecedor sonido del tocadiscos de mis hermanos adolescentes  y  sobre todo,  sospechando que Emilio y yo le escondíamos la petaca de cuero negro.

Como era un tipo duro, corpulento, malhumorado y gruñón, era de poco besos y menos abrazos en sus despedidas, pero el brillo de sus pequeños ojos azules como el mar, delataban que tras aquella dura estampa, había un ser lleno de ternura que durante los últimos dos meses de verano, unos niños traviesos, revoltosos y pillos, habían hecho aflorar  el recuerdo de su hijo Juanito, aquel que el cruel destino le arrebato.

 

Barcelona, Noviembre 2016

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