UN MENDIGO DE CONFIANZA

UN MENDIGO DE CONFIANZA

Por fin  acabaron las clases, mil novecientos sesenta y dos,  llegaba a su fin. Teníamos por delante dos semanas de vacaciones. Aquella Navidad se  presentaba  fría,  pero para  nosotros eso no suponía ningún hándicap. Emilio  y yo estábamos acostumbrados a jugar en la calle.

Ese mismo sábado, después de comer y una vez que las cacerolas, platos y cubiertos habían quedado lavados y recogidos. Nuestra cocina  volvía  a convertirse en unos de los principales escenarios de nuestras vidas.

Quedaban pocos días para la Noche Buena y si había un producto que no podía faltar en una esa noche tan especial,  eran los pestiños. Aquella tarde fría  de sábado mis padres la iban a dedicar a cocinar los pestiños. La cabeza cubierta por relucientes e  impolutos paños blancos, la parte delantera del cuerpo protegida por largos delantales que llegaban hasta las rodillas, las mangas  recogidas por encima de los codos y a partir de ese momento  se confeccionaba una masa de harina, con aceite de oliva, un vaso de vino blanco,  una pisca sal y harina.

Mi madre era la encargada de  mesclar los condimentos en su justa medida y mi padre era  el que amasaba durante largo tiempo, hasta conseguir que aquellos productos tan básicos se convirtieran en una suave masa. Entre los dos  estiraban la masa en largas tiras que cortaban en pequeñas porciones  a las que le daban una cierta forma de pajarita. Pieza por pieza se freían en una sartén  con aceite  virgen de oliva por el que ya habían pasado una piel de limón y  una rama de canela, dejando ambos aromas  en aquel aceite hirviendo.

  En  toda esta operación,  tanto Emilio como yo participamos como  espectadores de primera fila, encaramados ambos en las correspondientes y viejas pero resistentes sillas de madera, para poder  estar a la altura del poyo de la cocina, esperando entrar en acción. Ese  momento era cuando el pestiño frito reposaba sobre el lebrillo de barro ya rociado de miel.  Entonces mano a mano y siempre vigilados por mis padres, adornábamos  los pestiños con bolitas de anís de varios colores, dándole al pestiño un aire de festividad y alegría.

Se llenaban varios lebrillos, que durante toda la navidad pasaban de la despensa hasta nuestra mesa,  ya fuera a la hora de desayunar, como postre después de las comidas, como complemento a las tazas de chocolate caliente  para merendar e incluso como punto final de las cenas.

Aquella  primera semana de vacaciones las pasamos  jugando por las mañanas en nuestro patio y por la tardes paseando con mis padres por las Ramblas, visitando al paje real de los almacenes El Sepu  o  subiendo hasta la  calle Pelayo. Aquel año montaron en la tercera planta de los almacenes El  Capitolio un Scaletrix gigantesco, que visitamos un par de tardes. Memorizábamos los nuevos modelos  de coches, para luego cuando llegábamos a casa, una vez  bañados y cenados, añadir un año más el Scalectrix  a la larga carta para los Reyes Magos de Oriente. Durante tres años consecutivos no lo habíamos conseguido, pero la verdad es que  no perdíamos la ilusión por aquel juguete estrella.

Claro que la razón que recibíamos de nuestros padres, del porque no conseguíamos que los Reyes Magos nos trajeran en dichoso Scaletrix, era una razón de muchísimo peso. ¡¡ En el mundo hay  muchos niños y la mayoría de ellos no reciben ni la mitad  de regalos que os traen a vosotros!!.

Faltando dos días para Navidad, mientras comíamos todos juntos  unas nutritivas y sabrosas lentejas. Mi padre nos volvió a  sorprender anunciándonos que aquella navidad cenaríamos pavo. Todos gritamos con alegría  varías veces ¡¡ un pavo, un pavo ¡! . Tubo que explicarnos que el pavo era como un pollo pero a lo grande,  nunca habíamos comido pavo. Siguió explicando que era un regalo que había recibido de un “amigo” y que lo tenía que recoger el mismo día veinticuatro por la tarde en una tienda que se llamaba  ¡¡ PIO LINDO !!,  donde hacían pollos  al ast, croquetas y canelones.

Todo aquello marco la diferencia esa navidad,  porque en mi casa esos manjares no eran cotidianos y mucho menos comprados en una tienda donde servían  comida  cocinada. En mi casa la única comida que comíamos era la que cocinaba mi madre.

Llegó el día veinticuatro por la tarde y todo el dispositivo que mi padre había montado en torno al pavo, empezó a funcionar. El tío Cayetano se presento puntualmente a las cinco de la tarde  con su Seat Seiscientos, mi tía Antonia y mis dos primas Mari Carmen y  Toni.  Si en mi casa había que celebrar algo especial ellos no podían faltar.

Entre juegos y risas paso la tarde y a las siete,  mi padre y mi tío Cayetano se fueron con el Seiscientos a buscar el pavo. Después de dos largas horas aparecieron con una gran bandeja envuelta en un  extraño papel metálico. Corrimos todos por el pasillo, tras mi padre que llevaba la bandeja con el pavo,  por encima de nuestras cabezas. En la cocina, preparando el resto de la cena, mi madre, mi tía Antonia, la abuela María, mi tío Cayetano,  mis primas Toni y Mari Carmen, Emilio, yo y por supuesto  mi padre con la bandeja.

Fue extraordinario, allí estaba sobre la mesa de la cocina, en una bandeja  con textura metálica, similar  al papel que hasta ese preciso momento lo cubría.  Era como un  pollo enorme, dorado y brillante, rodeado de rodajas de patata, ciruelas y piñones. Hasta nuestras narices llegaba un aroma que te decía ¡¡ cómeme, cómeme!!.  Como yo era el más travieso , intente estirar la mano para recoger un piñón que cayó sobre la mesa, al destapar nuestro pavo. Pero rápidamente tras de mi, oí la voz de mi tío Cayetano que decía ¡¡ Estate quieto José Marí, este pavo no lo toca ni Dios hasta la hora de cenar!!. Resignados todos volvimos a nuestros quehaceres, los niños seguimos jugando, las mujeres preparando el resto de cena y mi tío Cayetano vigilando al pavo.

Eran las nueve de la noche y la mesa ya estaba preparada con la bajilla de los domingos, copas, vasos y adornos  navideños. De la cocina llegaba el olor del caldo de gallina y la excitación de la totalidad de los moradores   de la casa iba en aumento.  Sonó el timbre y en el umbral de la puerta apareció mi hermano Juan Manuel, acompañado por un mendigo.

Era un hombre  de cuarenta y tantos años, con barba de dos días y el rostro ajado por el cansancio. Las manos heladas dentro de los bolsillos de  una vieja chaqueta de paño gris, igual que los pantalones. Los zapatos mojados y manchados de barro.  Mientras Juan Manuel, acomodaba al mendigo en nuestra mesa,  los demás seguíamos de pie sin quitar la vista de encima de aquel comensal inesperado. Mi hermano explico,  que ese hombre se le había acercado  junto al monumento de Colón, pidiéndole una limosna y que como  no tenía encina ni una sola peseta, pensó que en mi casa, Emilia y Pepe  no le negarían  un plato de sopa.

Pasado el primer cuarto de hora y entre el primero y segundo plato de sopa caliente que mi madre le sirvió, aquel hombre  nos explico que procedía de un pueblecito  de Badajoz, que llevaba ocho días de viaje y varios sin comer, porque en la estación de tren y mientras esperaba enlazar con un cercanías donde se dirigía a Terrasa, le habían robado la cartera.

La documentación, el billete y doscientas pesetas, con las que preveía  poder costear los primeros días de una nueva vida, junto a sus familiares de Terrasa. Mi padre intento animarle, diciéndole que seguro que en pocos días la policía de devolvería la documentación,  la cuestión del dinero era otro cantar.  De  repente y dejándonos a todos con la boca abierta, insto a mi madre para que le sirviera aquel hombre un poco de pavo.

Los ojos se nos abrieron como palanganas, cuando vimos entrar en el comedor a mi madre con un plato entre las manos en el que lucía un muslo de pavo, acompañado de patatas,  ciruelas y piñones.  Mientras aquel hombre se comía con verdadera ansia nuestro pavo, la boca  se nos fue llenando de saliva con sabor a pavo, aunque realmente no sabíamos todavía cual era el sabor del pavo.

Mi padre, Juan Manuel y mi tío Cayetano, llevaron con el Seiscientos a aquel hombre a la estación de Francia, no sin antes regalándole un abrigo que mi padre ya no usaba, un par de bocadillos de sardinas en lata y cien pesetas para el billete  y los primeros gastos  en Terrasa.

Cuando volvieron después de una hora, nos sentamos todos a cenar, el caldo de gallina bien caliente y el resto de pavo, que una vez más llegó a la mesa   troceado en catorce partes iguales. Aquella  noche fue la primera vez que mi paladar supo a que sabía el pavo, eso si nunca supe que parte de pavo me toco a mí.

Mientras comíamos turrones y cantábamos villancicos, junto a los treinta y tantos  familiares (tíos, primos y sobrinos) que llegaron a mi casa justo después de cenar , alguien se percato de que estaba nevando y salimos todo al patio para ver con la suavidad  y la calma con la que caigan los copos de nieve, era la segunda vez que veía nevar.

A la mañana siguiente, nuestro patio amaneció con setenta centímetros de nieve en polvo. Aquella  noche se acumularon en las calles de Barcelona más de  seis millones de metros cúbicos  de nieve, colapsando la ciudad por lo que algunos de mis familiares tardaron un par de días en volver a sus hogares. Durante aquellos últimos días nevados de mil  novecientos sesenta y dos en la cocina de mi casa,  mi madre no paro de hacer tortillas de patas, rebanadas de pan con manteca roja y pestiños. La abuela  María iba añadiendo agua caliente a la sopa y al café.

Maribel con el restos de mis primos mayores  pasearon por una Barcelona insólita y nevada, los pequeños nos tuvimos que conformar jugar con la  nieve que quedo en el patio de mi casa. El manto blanco, duro hasta que la actividad portuaria  comenzó  en el puerto de San Beltran y solo en algunos rincones,  aquella nieve aguanto varias semanas, cubierta por un velo gris procedente de las chimeneas de los barcos que atracaban.

Del hombre que llego aquella navidad  a nuestra casa y se comió un muslo de nuestro pavo nunca tuvimos noticias , algunos dijeron que contrariamente a lo que mi tío Cayetano había dictado, Dios si fue el primero en tocar con sus manos nuestro pavo. Otros simplemente creemos que Pepe y Emilia tenían dos enormes corazones llenos de amor y bondad.  Y la rara capacidad de  convertir a cualquiera que llegara a su hogar, en un invitado de honor. Incluido un mendigo de confianza.

 

 

Barcelona, navidad 2013

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